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OPINIÓN

Adiós a un maestro

Por ALFREDO FERNÁNDEZ
miércoles 22 de octubre de 2014, 11:13h
La Semana Santa se tiñó de luto. El fallecimiento de Raimundo Rodríguez, picador de postín, puso fin a un severo via crucis. Es la muerte de un enorme picador, de un gran caballista, incansable aficionado, pero mejor persona y amigo. Soberana pérdida para todos. Ejemplo de humildad y entereza. Raimundo fue un romántico del toro con un corazón muy grande.

Acompañó a muchos de los grandes de su tiempo. Siempre el puyazo en lo alto. Bien sujeto en la silla. Los estribos en su sitio. Nunca los perdió. Nunca marró en un tentadero. Cientos de golpes y costaladas. No hubo un hueso roto. Orgullo torero. Estudió en la universidad del campo. Forjado en el sacrificio y la dureza, amante de los animales. Los mimo y cuidó con exquisita destreza. Sereno, con temple y con suma nobleza. Uno de los picadores más aclamados en la plaza de Las Ventas de Madrid. El varilarguero que cuenta con más trofeos en la Feria San Isidro.

Picador de los de antes, gallardo con el toro bravo y poderoso. Victorino siempre presente. Andrés Vázquez también. Grandes recuerdos con los briosos toros del viejo hierro de Albaserrada. La creación de una escuela de picadores, el sueño que no ha visto cumplido.

Abonado fiel de Madrid. Desde la fila 16 del tendido del 8 en Las Ventas, el buen amigo Mundi me guió por la pureza de la profesión y de la Fiesta. Puyazo en lo alto, palo adelante, siempre las ventajas para el toro, el protagonista. Demasiada pureza para las modas. Una generosidad de otro tiempo. Habitual en los palcos presidenciales serranos. Siempre puntual, en el lugar justo y a la hora precisa. Serio, exigente, bondadoso y valiente, sufrió las injusticias de los taurinos, muy habituados al jabón y a la vaselina. En la Iglesia de Valdemorillo, el amigo Felipe Garrigues, otro soñador de ilusiones toreras, me miró a los ojos y con voz quebrada me dijo “¿Por qué se va gente como esta…?”. Muchos faltaron al adiós de este torero. Al taurino le suele flaquear la memoria más de la cuenta. Los grandes nunca mueren. Nos queda su legado. Gracias por lo mucho que nos enseñaste. Un abrazo, maestro y amigo. Hasta siempre.
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