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De izquierda a derecha, Alfredo Pérez Rubalcaba, José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González
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De izquierda a derecha, Alfredo Pérez Rubalcaba, José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González (Foto: PSOE)

ETA, paz: testimonio, relato y memoria

Por José Luis Úriz Iglesias
viernes 22 de octubre de 2021, 12:55h
El pasado día 20 se cumplieron 10 años del comienzo del fin de ETA, con su comunicado en la BBC anunciando el final de su actividad armada. Años después el desarme y su disolución.

Durante estos días todo el mundo ha hablado de ello y surgen como setas en otoño quienes quieren hacerse protagonistas activos de aquel periodo, pero no es así.

Por aquel tiempo pocos, muy pocos, trabajábamos en la construcción de puentes, con incomprensiones, aislamiento, presiones y ahora dolorosos olvidos. Al menos en la orilla socialista.

Se ha hablado de paz con memoria, precisamente para salvaguardarla, para que no acabe en el olvido colectivo escribo este relato, este testimonio vivido en primera persona. Porque parte de sus protagonistas principales ya no están; Pérez Rubalcaba, Benegas y especialmente Curiel.

Quizás quien más ha hecho por la paz sea Enrique Curiel, por cierto socialista como yo entonces, al que acompañé habitualmente, para comunicarnos en la otra orilla con Patxi Zabaleta primero y posteriormente Pernando Barrena.

También en los puentes nos solíamos encontrar con Jonan Fernández, Paul Ríos y posteriormente Agus Hernán.

Comenzamos nuestra andadura en 1989 (nada menos que 32 años ya), en nuestras largas comidas de Casa Antonio, en Almazán (Soria) a mitad de camino entre Pamplona y Madrid. Allí Patxi, Enrique, Manolo Corvo y yo.

Por entonces ya en la sombra una figura relevante; Alfredo Pérez Rubalcaba, con Felipe González primero y José Luis Rodríguez Zapatero después.

Ya en 1991 intentamos que Urralburu siguiera siendo Presidente del Gobierno de Navarra con la abstención de HB, incluso organizando una comida en mi casa entre Luis Roldán, entonces director de la GC y Patxi, Iñaki Aldecoa e Iñigo Iruín, según Roldán el “consejero delegado de ETA”.

Contactos discretos, cafés, comidas y cenas fueron creando “pistas de aterrizaje” para la paz y la reconciliación.

Por el camino se añadieron gentes como Jesús Eguiguren, a solicitud suya, a través de una comida en Gorriti, pueblo próximo a Leitza a la que acudió acompañado de Denis Itxaso, actual Delegado de Gobierno en Euskadi.

Lo que en ese tiempo ocurrió daba para un libro que pensábamos escribir Enrique y yo, pero me dejó solo hace 10 años.

La información, también las órdenes, venían directamente de Rubalcaba, con implicación de diferente grado tanto de González como de Zapatero con algunas incógnitas.

Por ejemplo que en Noviembre de 2006 se me mandató para que “tomara temperatura” al mundo de ETA. Yo ya sabía qué significaba eso y lo cumplí a través de una comida con Pernando Barrena en el hotel El Toro cercano a Pamplona.

De ella deduje que la cosa no estaba funcionando, que la tregua de ETA de entonces corría peligro de romperse y así lo transmití.

Mi sorpresa fue escuchar a Zapatero sus declaraciones previas al atentado de la T-4. O no le transmitieron la información, o no entendió la misma. Tengo mi propia respuesta: En política a veces todo vale.

Como en 2004, me consta que el entonces ministro de interior Mayor Oreja, conocía que la dirección de ETA formada por “Mikel Antza” y “Anboto”, su pareja, que controlaban los aparatos políticos, militares y financieros de ETA, estaban dispuestos a acabar con la pesadilla y fueron detenidos, lo que frustró esa posibilidad.

¿Por qué se hizo? ¿Cuántos muertos y sufrimiento nos habríamos evitado? Páginas oscuras de esta historia.

Pero volvamos a la historia. En veranos de 1998 en una reunión en mi casa de Villava a la que se trasladó Curiel desde Madrid, se nos ofreció la posibilidad de que el activo de la tregua que preparaba ETA se lo llevara Pepe Borrell, por entonces candidato a las elecciones. En lugar de llevárselo el posterior pacto de Lizarra.

Curiel se lo trasladó, pero casi se desmaya al escucharlo. De haberlo hecho quizás la historia habría cambiado, quizás no habría dimitido, quizás hubiera ganado las elecciones, quizás…

Probablemente el acontecimiento que marcó estos 32 años de actividad, fuera la comida en el caserío de Patxi Zabaleta de Leitza en otoño de ese mismo año 1998.

Recuerdo que Curiel y Rubalcaba venían de Madrid en el coche de Enrique y los recogí en el aeropuerto de Pamplona. Los llevé por las montañas de Navarra intentando despistar por si nos seguían, hasta Leitza. Veía la cara de Alfredo por el retrovisor, extrañeza, curiosidad, un punto de temor.

Después, larga comida de más de 6 horas con el propio Patxi, Joseba Permach, Pernando Barrena y Santi Kiroga. Otegi no asistió porque enfrente no estaba Borrell.

Muchas ideas salieron de ese acto histórico y probablemente algún cimiento para el edificio actual.

Al coger de nuevo el coche hacia Pamplona los tres teníamos la sensación de haber vivido un momento histórico y la primera llamada que realizó no fue a Borrell, ni Almunia, fue a Felipe González. Me quedó claro quién movía los hilos. Escuché atento la conversación que quedó grabada… en mi memoria.

Después más y más contactos que fomentaron amistades sólidas y construyeron puentes por los que comunicarnos.

Más tarde, la muerte de Enrique, que no se llevó la información porque dejó su legado en forma de escritos y grabaciones.

Ahora observo con dolor el olvido que los nuestros (quizás porque nunca nos consideraron de los “suyos, suyos”) olvidan nuestro papel. Cuando de manera cruel y canalla citan a gentes como Patxi López, Eguiguren, o Zapatero, ignorando a Curiel.

Me niego a ese olvido, por eso estas líneas, mi relato escrito con posterioridad a ese crucial 20 para evitar que estén impregnadas de rabia e indignación

Esta es una parte de esa historia, que probablemente podrá ser ampliada con la documentación que dejó Enrique, para al menos situar a cada cual en su lugar.

¿Memoria? Sí, pero completa, sin olvidos interesados y veraz. Testimonio al desnudo para la posteridad.

Estuvimos ahí, hicimos lo que debíamos hacer, aunque ahora los mezquinos nos ignoren por el pecado de no ser de los “suyos, suyos”.

En fin… así se escribe esta historia.

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