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Hay que retomar la confianza

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:13h
En ‘El Mundo de Ayer’, Stefan Zweig describe aquellos años de finales del siglo XIX y principios del XX como la era dorada de la seguridad, el optimismo y el arte. El imperio austrohúngaro no entendía de guerras, política o deportes. lo que unía a todos los estratos sociales era el teatro, la ópera, las letras. Una actor o un poeta generaban en Viena más admiración que el emperador Francisco José o cualquier magnate o cortesano. El propio Zeig comprobó en sus carnes cómo al colaborar con la Neue Freie Presse de Theodor Herzl su estatus y su prestigio se multiplicaron por cien. Después llegó la Gran Guerra y ese sueño humanista quedó reducido a cenizas con el fuego del odio y el miedo.

España también despierta abruptamente tras la luna de miel. Se casó con el progreso más veloz y pensó que duraría para siempre. Hoy tiene en frente a un adefesio llamado crisis. La pareja coincide en el desayuno, la comida y la cena. Ven juntos el telediario, comparten catre y almohada, interfieren en sus respectivas cotidianeidades. Un manto grueso de pesimismo y angustia revienta las metas de las clases medias y bajas, testigos atónitos de un hundimiento global que se come los cimientos de la sanidad, la educación y las infraestructuras de primera. El país viaje al pasado y nadie sabe hasta cuándo, si hasta principios de los noventa o, peor aún, comienzo de los ochenta.

Los políticos tienen una obligación. O mejor, dos. La primera es renovar sus propias estructuras. La segunda, irse. Ambos son mandatos casi utópicos. La sociedad ha de depurarse: que los conformistas y los abúlicos dejen paso a los inquietos. Los jueves, empresarios y futbolistas, la Casa Real, los periodistas, abogados, químicos y arquitectos, todos deben hacer autocrítica. España necesita ver muy de cerca el drama para reaccionar. Ese momento ha llegado. Necesitamos olvidarnos de las envidias, la pereza, la fullería. Necesitamos trabajar, pensar mejor. Necesitamos el optimismo de otros tiempos o de otras naciones. No hace falta viajar a la Viena de Stefan quedando Estados Unidos a un océano de distancia.

La confianza es un músculo. Ejercitándolo crece. Ejercicios recomendados: reducir la burocracia a la mínima expresión, acabar con la sensación de que la Administración y las grandes compañías abusan del ciudadano/consumidor, primar el talento sobre el pedigrí, rendir culto a la innovación como los vieneses lo rendían a las humanidades, cambiar el no por el sí, copiar de los americanos eso que los europeos consideran candidez cuando en realidad sólo es audacia, visión pura y bella osadía. La oportunidad de la transformación está ahí. Sólo hay que revolucionar el sistema. Otras veces, ante escenarios no menos pavorosos, se ha conseguido. Y una verdad como un templo emerge hoy y siempre: las buenas ideas siempre acaban prosperando.
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