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El lobo ya no es suficiente

Belén Goñi

viernes 15 de mayo de 2015, 00:41h
Es cierto que hay muchas personas desencantadas que quieren un cambio y que ya han decidido que si tiene que venir el lobo, que venga, que nos dé un susto y que así todo el mundo seguirá haciendo las tareas que no ha hecho en años y todos saldremos fortalecidos. Pero claro, ¿y si el lobo se queda? ¿Cuánto puede destrozar y comerse en cuatro años campando a sus anchas?
Frente a ese mensaje cansino de vótame, que la alternativa es peor, sería estupendo encontrar un mensaje ilusionante y creíble que anime a votar. Sin embargo, eso es más fácil de decir que de hacer. En primer lugar, porque cualquier programa electoral que anuncie futuras acciones ha quedado tocado de muerte por los incumplimientos de Rajoy en los temas de impuestos y aborto, que han contagiado a toda la clase política, afianzando la idea de que todos los programas electorales son papel mojado y no se cumplen. En segundo lugar, porque las cosas las hacen las personas y porque algunas difícilmente van a encontrar otro medio de vida; además, tienen que ser absolutamente intachables y estar alejados de cualquier foco de corrupción y porque entre todos hemos conseguido ahuyentar a la gente buena de la política. Así pues, hace falta ser un sufridor nato, con ganas de trabajar muchísimo por un sueldo fuera de mercado, dispuestos a ser examinados con lupa (patrimonio incluido) y dispuesto a que te quiten honra y fama sin comerlo ni beberlo... Es lógico que la mayoría no quiera dejar su vida actual para meterse en ese infierno.

Por otro lado, hay una cuestión generacional. Los jóvenes temen mucho menos al lobo que los más mayores. Para muchos de ellos la música de renovación del flautista de Hamelín es mucho más atractiva que los tambores de guerra. Transitan entre el mundo de la televisión y las redes sociales y, por tanto, están mucho más influidos por lo que se mueve en esos medios. Ahí los políticos ‘al uso’ no se manejan bien, no son sus medios más habituales y, por tanto, sus mensajes no calan. Además, las redes son nacionales y los mensajes muy locales se pierden en ellas. Pero entonces, ¿acaso lo del lobo es mentira? No, lo del lobo es cierto. Lo que pasa es que muchos están hartos de oírlo y de que las cosas no cambien a mejor. No nos engañemos, fundar un partido, presentarse a las elecciones y asistir al parlamento bajo unas siglas no hace a nadie demócrata. Basta escuchar las declaraciones de algunos, de uno u otro signo, para poder afirmar que de demócratas no tienen nada. Son lobos disfrazados con piel de cordero, que se tiñen las patas de blanco y se suavizan la voz porque la estrategia de aporrear la puerta y entrar a lo bestia no funciona y han encontrado otra. Aún así, no se han movido un ápice de sus convicciones de antaño. ¿Qué se puede hacer entonces? Habrá que demostrar desde ya ese cambio, ese giro, pero no con promesas de futuro, sino con acciones creíbles. El lobo ya no es suficiente para animar a ir a votar ni para convencer a los jóvenes. Ya no hay tiempo para medias tintas.
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