Ante una sala Úbeda repleta de público, donde abundaban conocidos periodistas y personalidades del mundo cultural, el conocido periodista y escritor Juan Cruz Ruiz, acompañado de José Taboada, presidente de honor del CEAS (Coordinadora Estatal de los Amigos del Sáhara) y de Liz Perales, coordinadora de editorial de Archiletras Libros, fue el encargado de exponer lo que le había parecido la última obra de Bárbulo, una oda al amor y al conflicto vivido en los últimos años en un territorio que fue español hasta la llamada marcha verde organizada por Hassán II para invadir el territorio que durante más de cien años se consideró territorio español.
Hay novelas que nacen de la imaginación y hay novelas que parecen surgir de una herida antigua. Aaiún, de Tomás Bárbulo, pertenece a esa segunda categoría. Desde su propia dedicatoria, el libro se presenta como una narración levantada sobre un recuerdo personal: el Sáhara Español, la evacuación de civiles, la retirada del ejército de Franco en febrero de 1976 y aquella primavera de 1975 en la que España, Marruecos y el Frente Polisario libraban una guerra sucia en un territorio que se desmoronaba política y humanamente.
La novela lleva un subtítulo muy claro: “Una historia de amor y guerra”. Pero sería injusto reducirla a una simple historia sentimental ambientada en un conflicto colonial. Aaiún es mucho más áspera, más incómoda y ambiciosa. Es una novela sobre el final de una época, sobre la última colonia española, sobre el derrumbe de un mundo militar, religioso y colonial que se creía sólido y que, sin embargo, estaba atravesado por el miedo, la corrupción, el deseo, la violencia y la culpa.
El libro arranca con una imagen poderosa: un siroco infernal castigando El Aaiún y el narrador junto a Aicha, mientras “el Diablo” parece instalarse en la azotea. Desde las primeras páginas, el desierto no es un decorado, sino una presencia física. El viento, la arena, el calor, las moscas, los cuarteles, las calles de prostíbulos, las casas miserables y los despachos militares forman una atmósfera opresiva que lo invade todo.
La estructura de la novela conduce al lector desde Sidi Ifni entre 1966 y 1969 hasta el Sáhara de 1975, para desembocar después en una tercera parte titulada “La venganza”. Ese recorrido no es solo geográfico. Es también el descenso del protagonista hacia su propia responsabilidad. La historia se cuenta desde la memoria, muchos años después, con una voz que no intenta salir limpia de lo que narra. Ese es uno de los grandes aciertos del libro: el narrador no se presenta como héroe, sino como un hombre atrapado en su tiempo, en sus privilegios, en sus contradicciones y en sus propias cegueras.
En el centro de la novela está Aicha, una muchacha marroquí marcada desde niña por la pobreza, por las supersticiones familiares, por la violencia de los adultos y por la condición de criada en una casa española. Aicha no es un simple personaje romántico. Es el punto donde chocan varios mundos: el mundo colonial español, el mundo musulmán, la miseria rural, la magia popular, el deseo masculino, la dependencia y la necesidad de sobrevivir. Su presencia ilumina y acusa al mismo tiempo.
La relación entre Aicha y el capitán Bárbulo es deliberadamente incómoda. Tiene amor, pero también desigualdad. Tiene ternura, pero también poder. Tiene pasión, pero nace de una situación marcada por la pobreza, la tutela, la soledad y la autoridad. La novela no embellece esa relación ni la convierte en postal sentimental. La coloca en toda su crudeza ante el lector. Y ahí está precisamente su fuerza: Aaiún no busca tranquilizar, sino obligar a mirar.
A su alrededor se mueve un mundo militar en descomposición. Oficiales franquistas, legionarios, policías territoriales, curas, esposas de militares, confidentes, burócratas y soldados saharauis componen un retrato duro de los últimos días del Sáhara Español. La novela muestra un territorio donde todos sospechan de todos: los españoles de los saharauis, los saharauis de los marroquíes, los militares de sus propios compañeros, los mandos de cualquier voz que huela a disidencia. La guerra exterior se mezcla con otra guerra interior: la del final del franquismo, las detenciones de la UMD, el miedo a la democracia y la sensación de que el viejo ejército está a punto de perder no solo una colonia, sino también el país que creía suyo.
Pero Aaiún no es una novela de tesis. No funciona como un ensayo disfrazado de ficción. Funciona porque está llena de escenas vivas: una bomba que estalla en la Saguia, un cadáver entre la basura, un casino de oficiales como monumento a la desigualdad, una investigación de violación que puede incendiar la ciudad, una amistad militar rota por la muerte, una azotea convertida en lugar de presagio. Todo está contado con una prosa directa, nerviosa, muy visual, a veces brutal, a veces irónica, siempre cargada de tensión.
También destaca el uso del lenguaje oral. El narrador habla como quien confiesa, recuerda, se defiende y se acusa al mismo tiempo. Hay humor negro, violencia verbal, crudeza sexual, observación política y una capacidad notable para describir los ambientes: el olor a lejía de una casa enferma, el polvo en los escalones, los gritos de las mujeres, el silencio de la noche en El Aaiún, las cornetas de los cuarteles, la sensación de que cualquier puerta puede abrirse a la desgracia.
En el fondo, esta novela habla de una pregunta antigua: qué queda de una vida cuando la historia pasa por encima de ella. España abandona el Sáhara, los ejércitos se repliegan, los mapas cambian, los mandos queman papeles, los gobiernos deciden desde lejos. Pero bajo esa gran historia quedan los cuerpos concretos, los muertos concretos, las mujeres utilizadas, los soldados olvidados, los niños heridos, los amores que no tuvieron tiempo de salvarse.
Por eso Aaiún es una novela sobre el Sáhara, sí, pero también sobre España. Sobre lo que España fue capaz de hacer, de tolerar, de callar y de olvidar en su última colonia. Y también sobre algo más íntimo: la imposibilidad de regresar al lugar donde uno fue feliz, culpable o joven. Porque el verdadero Aaiún de la novela no es solo una ciudad. Es una memoria abierta. Una herida que el tiempo no cierra del todo.
Aaiún merece ser presentada como una obra de gran aliento narrativo, incómoda y absorbente, que recupera un episodio decisivo de nuestra historia reciente desde la ficción, pero con la fuerza de aquello que parece haber sido vivido demasiado cerca. Una novela de amor y guerra, como promete su subtítulo, aunque quizá habría que añadir algo más: una novela de culpa, de pérdida y de memoria.
La novela 'Aaiún' explora el amor y el conflicto en el Sáhara Español.