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La corrupción de los nuestros huele menos

La corrupción de los nuestros huele menos
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(Foto: Cibeles AI)
Por Jorge Molina Sanz
miércoles 24 de junio de 2026, 18:04h
El votante no siempre juzga los hechos, protege a los suyos y absuelve lo que condena en los otros.

El marino remueve el café y comenta:

—Asombra que, con el panorama actual, el PSOE conserve tantos votantes dispuestos a mirar para otro lado, mientras Sánchez les vende decencia envuelta en celofán.

La pregunta es obvia, cómo mantiene ese suelo electoral con tantos casos de corrupción alrededor de un gobierno sostenido por cesiones al separatismo —en detrimento del resto de autonomías— y sucesores del terrorismo vasco, una política económica que castiga el empleo productivo, unas estadísticas de empleo maquilladas, unos fondos europeos empleados en gasto corriente y la polarización como sistema de gobierno.

La respuesta está en que muchos ciudadanos no votan gestión, sino ideología, un relato sentimental y trinchera. El PSOE ha convertido la superioridad moral progresista en coartada electoral. Una senda que abrió Rodríguez Zapatero al convertir la política en una división entre buenos y malos, modernos y reaccionarios, memoria y desmemoria, fachas y progres.

Aquel cáncer, ha derivado en metástasis con Sánchez. Quien critica no discrepa, conspira; quien exige responsabilidades no fiscaliza, ataca a la democracia; quien denuncia corrupción no defiende la limpieza pública, ayuda a la caverna.

La joven profesora añade:

—La ciencia política lleva años estudiando el fenómeno. Un estudio de investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona, publicado, en 2013, en Comparative Political Studies,, analizó el sesgo partidista ante la corrupción. La conclusión fue clara, ante el mismo caso, muchos votantes juzgan con más indulgencia si afecta al partido con el que simpatizan o militan. Esto resulta útil para entender España: la corrupción importa, pero bastante menos cuando la cometen los nuestros.

Otro trabajo, publicado en 2012, en European Journal of Political Economy, sobre escándalos de corrupción municipal en España entre 1996 y 2009, muestra que la corrupción no siempre provoca un castigo electoral, dependiendo de la información disponible, la cobertura mediática, la credibilidad del caso. Además, si el elector piensa que «todos son iguales», que «la derecha sería peor» o que «esto es una campaña orquestada», el daño queda amortiguado o impune.

No basta con que haya casos de corrupción, se precisa —según expertos— para romper la coartada emocional del votante y el PSOE, la ha trabajado durante años, para reforzar su relato: la izquierda podrá equivocarse, podrá gastar mal, colocar a los suyos, mentir o colonizar instituciones, pero siempre lo hará por una causa noble. La derecha, en cambio, es egoísta y culpable, incluso cuando acierta.

El marino comenta:

—Es decir, la corrupción del adversario es estructural y deleznable, pero la propia episodios aislados. Un doble rasero que explica que el caso Koldo, las «sobrinas» de Ábalos, los problemas de Santos Cerdán, los ERE andaluces, la «fontanería» de Leire o las joyas de Zapatero…, más lo que salga, para un votante de izquierdas, puede percibirse como una conspiración o una manipulación orquestada y justificarla. Cuando se acaban los argumentos, está el «sí, pero que no gobierne la derecha».

Ese «sí, pero» es el gran indulto político de nuestro tiempo. Justifica amnistías inaceptables, pactos negados en campaña, subidas fiscales disfrazadas de justicia social, manipulación estadística presentada como milagro laboral o un gasto público desorbitado, que no crea riqueza, sino dependencia.

Sánchez no gobierna sólo a golpe de decretos, sino con marcos mentales. Toda crítica es reacción, toda investigación es guerra sucia y toda cesión a sus socios se presenta como avance democrático. Un blindaje para que sus votantes se sientan parte de una «misión histórica» y perdonen lo que jamás tolerarían al adversario. Una degradación que no siempre acaba en los juzgados, pero que carcome la confianza en las instituciones públicas, los políticos y degrada la calidad democrática.

La profesora argumenta:

—La polarización completa el panorama, porque la política en España se ha dividido en trincheras y muros. Un problema que empezó con Zapatero y que se ha agravado con Sánchez.

Un gobierno que —para permanecer en el poder sin mayoría ni presupuestos— reparte beneficios, ayudas, cargos, empleos, contratos públicos, amnistías e indultos a políticos corruptos y se percibe como una administración que no se somete a control, sin una clara división de poderes y usada en beneficio propio y como escudo ante el adversario.

No se debe obviar que la polarización política, ha sido el germen para tolerar excesos, disculpar contradicciones y mentiras, para rebajar el listón moral propio y considerar que cualquier censura y acusación a los «nuestros» se interpreta como un beneficio para el adversario.

Existen votantes fieles, pero esa fidelidad no puede llegar a ser una coartada para no exigir a los políticos, sean de la cuerda propia o contrarios, que no roben, que no malversen y que se comporten con integridad y honradez. Lo contrario es transmitir un peligroso mensaje, que mientras se mantenga vivo el miedo, el odio y el resentimiento, se pueden ganar elecciones.

El viejo marino sentencia:

—Cuando un votante perdona en los suyos lo que llevaría a los otros al banquillo, no defiende ideas, está encubriendo delitos.

Jorge Molina Sanz

Agitador neuronal

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