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Diario digital de la Sierra Noroeste de Madrid
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Una inoportuna avería me ha dejado sin ordenador durante casi un mes y eso me ha impedido seguir lanzando mis reflexiones.
Cuando se opina sobre comportamientos sociales o individuales se suele mezclar ciencia con ideología. Se suelen mezclar datos “objetivos”, reales, con deseos, imaginación, expectativas.
Un modelo que, tras la crisis, se agota entre energía, regulaciones y pérdida de competitividad.
Jerome Powell encabeza este miércoles 29 de abril su última reunión al frente de la Reserva Federal (Fed) de los Estados Unidos. El nominado para sucederlo, Kevin Warsh, es un economista y ex responsable de política monetaria que sirvió como miembro de la Junta de Gobernadores de la Fed desde 2006 hasta 2011.
¿Estamos esperando un gran conflicto global que vacíe los depósitos de armas y municiones? ¿Se ha convertido la paz mantenida tras la Segunda Guerra Mundial en una amenaza? ¿Por qué se habla tanto de una posible tercera guerra? ¿Es este el verdadero deseo de las sociedades de todo el mundo? Después de todo, ¿quién se beneficia más de las guerras: los trabajadores de las fábricas, los pacientes de los hospitales, los niños de las escuelas o la industria armamentística en general?
El camino contrario lo llevó a Milei -y seguirá llevando- a metas opuestas a la libertad económica y social ya que son indivisibles. Es pura lógica, pero sus defensores argumentan que todas sus contradicciones son circunstanciales y que se realizarían con el fin de poder llegar a “ser el país más libre del mundo”. Argumento que viola todas las leyes de la ciencia, ergo, consiguen el efecto contrario.
La política impone un modelo que reduce productividad y servicios públicos.
«Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso… ¡Yo no sé qué te diera por un beso!», Gustavo Adolfo Bécquer.
La automatización y el espejismo de un bienestar futuro garantizado.
Los gobiernos europeos, con la ingenuidad que caracteriza al racionalismo constructivista que cree que puede moldear las sociedades según sus “ideales” -caprichos, en rigor- hace dos décadas decidieron que querían ser “progresistas” y “cuidar” el planeta, en particular, frente al “cambio climático”.
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